La Psicologia de Glen Mills, la mente maestra en el alto rendimmiento.

 "Blessings to my Coach on his Birthday" - Usain Bolt wishes his coach Glen Mills on his birthday

La psicología de Glen Mills: el entrenador que convirtió la experiencia en ciencia humana

A veces, la historia del alto rendimiento no empieza en un aula con pizarrón, sino en una pista a las seis de la mañana, con un cronómetro sencillo y una mirada que sabe leer lo invisible. En el imaginario colectivo, el deporte de élite parece exigir credenciales académicas impecables, laboratorios, títulos colgados en la pared. Pero la biografía profesional de Glen Mills —forjada desde la adolescencia como entrenador y alimentada por cursos especializados y décadas de práctica— desafía esa narrativa: su “universidad” fue el oficio repetido hasta volverse maestría. (worldathletics.org)

No hace falta idealizarlo como “milagro” para entender su grandeza. Basta observar el tipo de psicología que sostiene su método: una mezcla rara de humildad activa, paciencia estratégica y una capacidad extraordinaria para construir confianza en atletas que viven bajo el peso de la expectativa mundial.

1) Mentalidad de aprendizaje perpetuo: la humildad como ventaja competitiva

Si existe un rasgo psicológico central en Mills, es que nunca se comporta como si ya supiera lo suficiente. En entrevistas describe cómo su formación de entrenador se nutrió de cursos del sistema internacional (IAAF/IOC), incluyendo un curso largo en México que culminó en un diploma y que, según él, profundizaba en “los específicos del evento” y “las ciencias de soporte”. (worldathletics.org)
Esa frase es más que un dato curricular: revela una postura mental. El entrenador exitoso no es el que “ya entendió”, sino el que sigue afinando su comprensión del cuerpo, la técnica y el contexto.

Reuters lo retrata con una idea poderosa: su conocimiento “no es exclusivo”, dice, pero tal vez él puede usarlo mejor que la mayoría. Y ahí hay psicología pura: no presume superioridad innata; apuesta por la aplicación inteligente, por el criterio, por el arte de decidir qué sirve y qué estorba. (Reuters)

2) La “mirada de entrenador”: atención fina, control del detalle y lectura emocional

En sprint, una centésima puede separar la leyenda del olvido. Mills se formó obsesionado —en el mejor sentido— con la mecánica, la velocidad, los patrones. En el documento de World Athletics se destaca su fascinación por la velocidad y la mecánica de carrera, y su vínculo con estructuras de alto rendimiento en Kingston. (worldathletics.org)

Pero la habilidad psicológica detrás de esa “mirada” es doble:

  • Atención selectiva: saber qué detalle corregir hoy y cuál dejar para mañana.

  • Regulación emocional del proceso: el atleta no puede vivir entrenando con mil correcciones a la vez; la saturación mata la confianza.

El entrenador que domina el detalle sin destruir el ánimo convierte la técnica en seguridad. Y la seguridad, en velocidad.

3) Liderazgo que construye autonomía: “promesas”, límites y motivación interna

Uno de los episodios más reveladores de su estilo no es un récord: es una negociación. Cuando Bolt quería moverse hacia los 100m, Mills le puso una condición: “si rompes el récord nacional en 200, te dejo correr un 100”. Bolt cumplió, y luego cobró la promesa. (worldathletics.org)

Ese intercambio parece simple, pero es una obra de psicología aplicada:

  • Define reglas claras (estructura y justicia percibida).

  • Entrega autonomía con responsabilidad (no impone: pacta).

  • Refuerza la autoeficacia (el atleta prueba que puede y entonces se le abre la puerta).

Muchos entrenadores intentan controlar al talento; Mills lo canaliza. Esa es una diferencia crucial entre autoridad rígida y liderazgo funcional.

4) Confianza terapéutica: el entrenador como “base segura” en la tormenta

El atleta de élite no solo compite contra rivales; compite contra dudas internas amplificadas por lesiones, prensa y expectativas. Bolt lo dijo con claridad: hubo momentos de duda por lesión y Mills le repetía, en esencia: “no te preocupes, sé lo que hace falta para volver”. (Reuters)

Ahí aparece la psicología del vínculo: el entrenador como base segura. No es motivación vacía; es credibilidad basada en historia, coherencia y resultados. Cuando el atleta cree que el entrenador “sabe el camino”, el miedo baja y la ejecución sube.

5) Paciencia estratégica: el tiempo como herramienta psicológica

En una época obsesionada con resultados inmediatos, Mills representa lo contrario: la convicción de que el rendimiento máximo se cocina con ciclos, no con impulsos. Él mismo recomienda que la formación de entrenadores se haga con cursos largos para profundizar, no con cápsulas rápidas. (worldathletics.org)

Esa preferencia por lo “extendido” es una postura psicológica: tolerancia a la demora, disciplina, visión. La paciencia, en sprint, no es lentitud; es precisión temporal.

6) Impacto sistémico: liderazgo sostenido y cultura de excelencia

No se trata solo de un atleta. Mills fue entrenador principal del equipo olímpico jamaicano durante años, periodo en el que el país acumuló decenas de medallas olímpicas y mundiales en atletismo. (Reuters)
Esa cifra no es un trofeo personal: es evidencia de liderazgo sistémico. Para sostener resultados así se requieren habilidades psicológicas de gestión humana: convivencia con egos, presión institucional, toma de decisiones bajo incertidumbre, y creación de una cultura donde ganar no sea accidente.

Cierre narrativo: el entrenador que hizo del oficio una filosofía

Imagina a Mills al borde de la pista: no grita de más, no actúa para la cámara. Observa. Ajusta. Espera. Cuando habla, sus palabras pesan porque no vienen de la prisa, sino de la experiencia. Su autoridad no depende de un título colgado, sino de una mente entrenada para aprender, una paciencia entrenada para construir y una relación humana entrenada para sostener al atleta cuando el cuerpo tiembla y la cabeza duda.

Por eso su psicología es tan valiosa para el deporte: enseña que la excelencia no es solo talento ni solo ciencia; es la capacidad de convertir conocimiento en confianza, y confianza en ejecución, en el momento exacto en que el mundo entero está mirando. (worldathletics.org)

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El silbatazo final y el eco de la palabra “inmoral”


 

El estadio todavía temblaba cuando el árbitro señaló el final. El entrenador no levantó los brazos de inmediato. Miró primero al portero que había iniciado el partido… y luego al que lo había terminado. Dos rostros, una misma medalla. A su alrededor, la celebración era un río de abrazos; dentro de él, el triunfo era una mezcla más compleja: alivio, orgullo, cansancio, gratitud… y una sombra de anticipación.

Porque en el fútbol, la victoria no siempre apaga el fuego: a veces lo alimenta.

En el túnel hacia los vestidores, un asistente le susurró: “Ya salió… ya lo dijo”. En la pantalla del teléfono apareció el titular: “Falta de ética y moral: cambiar de portero al inicio es una traición”. El periodista lo había dicho con la seguridad de quien confunde certeza con verdad. Y lo había dicho fuerte, para que doliera.

El entrenador respiró lento. Recordó una idea antigua de Viktor Frankl: “Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio”. En ese espacio —pensó— se juega más que un campeonato; se juega el carácter.

En el vestidor, la música competía con los gritos. El entrenador pidió bajar el volumen un instante. No por autoridad: por cuidado.

—Hoy ganamos —dijo—. Y hoy también vamos a sentir muchas cosas. Está permitido. Pero que nadie se quede solo con lo primero que le explote por dentro.

Había aprendido, con años de cancha, que la emoción no es un error del sistema. Richard Lazarus lo explicó con claridad: la emoción nace de cómo interpretamos lo que ocurre, de la evaluación que hacemos de la situación. El periodista interpretaba “cambio de portero” como “deslealtad”. El entrenador lo interpretaba como “ajuste táctico”, “lectura del rival”, “decisión de alto rendimiento”. Dos narrativas peleando por dominar el significado.

Y el significado —no el hecho— es lo que enciende o calma el corazón.

Algunas miradas se clavaron en el portero suplente, el que empezó. No estaba triste; estaba quieto, que es otra forma de estar triste. El otro portero, el que cerró el partido, sostenía la euforia con cuidado, como quien carga algo frágil.

El entrenador caminó hacia el primero. —Esto no fue un juicio sobre tu valor —le dijo en voz baja—. Fue una decisión sobre el momento. Tu trabajo fue digno. Tu mente, también. Aquí estaba el punto ético real, el que rara vez cabe en un titular: la ética no solo es “lo que decides”, sino cómo lo decides y cómo lo sostienes con los involucrados. Carl Rogers llamaría a eso respeto incondicional a la persona. Y en deporte, ese respeto se demuestra con conversaciones difíciles, no con frases bonitas.

La entrevista de prensa fue un escenario distinto: menos sudor y más juicio. El periodista levantó la mano con esa precisión de quien ya tiene la sentencia y solo busca el micrófono.

Aquí entraba James Gross, con su modelo de regulación emocional: no se trata de “no sentir”, sino de manejar cuándo, cómo y para qué expresamos lo que sentimos. El periodista había expresado su emoción como condena moral. El entrenador estaba intentando expresarla como conversación.

—Mire —dijo—, yo también he estado equivocado antes. No me creo infalible. Pero llamar “inmoral” a una decisión técnica sin conocer el contexto es una falta de precisión. Y en comunicación, la precisión es un deber. No lo dijo como ataque. Lo dijo como límite.

Esa noche, ya sin cámaras, el entrenador reunió al grupo en círculo. No habló de táctica. Habló de lo que queda cuando se apaga la luz: la emoción postcompetencia.

—Hoy el cuerpo sigue en modo guerra —explicó—. Mañana tal vez venga el vacío. Pasado, la crítica. Quiero que lo sepan para que no se sorprendan.

Les propuso tres acuerdos simples:

  1. Nombrar la emoción sin vergüenza. “Estoy eufórico”, “estoy dolido”, “estoy confundido”. Ponerle nombre reduce su dominio.
  2. Separar persona de decisión. “El cambio no define tu identidad”. (Aquí resonaba Bandura: la autoeficacia se protege cuando la evaluación es específica y no global.)
  3. Hacer una reparación inmediata. No esperar a que el resentimiento crezca. Una conversación hoy vale más que mil explicaciones en redes mañana.

Luego pidió la palabra al portero que inició. El jugador tragó saliva.

—Me dolió —dijo—. Pero cuando entró mi compañero, yo le dije: “Hoy somos dos manos del mismo equipo”.

Eso era madurez emocional en estado puro: sentir la herida sin convertirla en venganza.

El entrenador asintió.

—Eso —dijo— es campeonato. Lo otro es trofeo.

El entrenador no celebró esa media disculpa. Solo pensó que la mayor victoria de un líder no es ganar finales; es evitar que la crítica lo convierta en alguien que no reconoce.

Porque el manejo de emociones después de una competencia importante no consiste en posar de invencible. Consiste en integrar: alegría con humildad, orgullo con gratitud, dolor con aprendizaje, crítica con serenidad. Y, sobre todo, consiste en recordar que la autoridad no se demuestra gritando más fuerte, sino sosteniendo mejor el vínculo.

Conclusiones

  1. El día después del campeonato es emocionalmente más peligroso que el partido mismo: la euforia eleva la reactividad y reduce el autocontrol; por eso, el entrenador debe proteger al grupo del “impulso” (responder desde la rabia, la burla o la humillación).
  2. Confundir una decisión técnica con un juicio moral es una escalada innecesaria: llamar “falta de ética y moral” a un ajuste deportivo convierte un debate táctico en una condena identitaria, y eso suele activar defensividad, polarización y daño reputacional.
  3. La ética del liderazgo se juega en el “cómo” se sostiene la decisión: explicar, cuidar el vínculo, y diferenciar “tu valor” de “tu rol hoy” evita que el vestidor se fracture; la decisión puede ser discutible, pero el respeto no es negociable.
  4. La regulación emocional efectiva es límite + respeto: no se trata de “aguantar” la crítica ni de atacar al crítico, sino de poner fronteras claras (no aceptar descalificaciones personales) sin perder compostura ni humanidad.
  5. La comunicación deportiva tiene deber de precisión: el periodismo crítico es valioso, pero cuando se convierte en juicio moral absoluto sin contexto, pierde capacidad de análisis y gana capacidad de incendio.
  6. Aplicación directa al caso (solo anotación): tras el bicampeonato de Toluca en el Apertura 2025, el entrenador Antonio “Turco” Mohamed quedó en el centro de la polémica por cambiar de portero y el periodista David Faitelson lo calificó públicamente como un acto “sin ética y moral”; Mohamed respondió señalando que esa etiqueta estaba “desubicada” y pidió una disculpa, lo que escaló a un altercado posterior en el entorno mediático.
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Lo Privado, lo Confidencial y el Silencio Ético del Psicólogo del Deporte

En la psicología del deporte hay un momento que se repite una y otra vez: el atleta se sienta, respira, mira al suelo, y después de unos segundos parece abrir una puerta que pocas personas conocen. En ese instante, el psicólogo atraviesa un umbral invisible y entra en un territorio que no pertenece al club, ni al entrenador, ni a la prensa, ni siquiera al equipo que lo acompaña diariamente. Entra a la vida personal del deportista, ese espacio íntimo donde viven sus miedos más primarios, sus heridas más viejas, sus secretos más silenciosos.

Ese territorio es lo privado. Y lo privado es sagrado. Se trata del lugar donde el atleta deja de ser atleta. Ahí es hijo, pareja, hermano, persona vulnerable, ser humano en estado puro. Ningún profesional debería caminar por ese espacio sin el cuidado reverente que se tiene al entrar a un templo. Y, sobre todo, nadie tiene derecho a sacar de ahí nada que no sea estrictamente necesario para su bienestar.

Hay otra puerta, distinta, que el deportista también abre, aunque esta pertenece a un mundo más técnico: el vestidor emocional. Ese espacio donde no habla de su vida personal, sino de su vida deportiva. Donde reconoce sus dudas antes de competir, su diálogo interno, la presión del entrenador, las tensiones con sus compañeros, su manera de enfrentar el error, el cansancio, la exigencia, la disciplina. Todo aquello que ocurre en la vida invisible del deporte.

Ese segundo territorio es lo confidencial. Y lo confidencial es un pacto.

A diferencia de lo privado, lo confidencial sí forma parte de la estructura del rendimiento, pero aun así pertenece al atleta. El club puede solicitar información, el entrenador puede pedir orientación, los directivos pueden exigir explicaciones, pero la información no es suya. Es del deportista. El psicólogo solo tiene permiso para abrir parte de esa puerta cuando el atleta lo autoriza y siempre con un propósito claro: mejorar su bienestar y su desempeño, nunca para entregar información por presión jerárquica ni para ganar protagonismo dentro de la institución.

Y es justo entre estas dos puertas —la privada y la confidencial— donde se revela la verdadera ética del psicólogo del deporte.

Muchos buscan en este campo prestigio, reconocimiento, visibilidad, o incluso la ilusión de convertirse en parte de la gloria del atleta. Algunos se toman la foto con el medallista, presumen haber sido “la clave mental” del campeonato o insinúan que sin su intervención el rendimiento no habría brillado tanto. En esos momentos, la ética se desvanece como un espejismo, y la profesión pierde su dignidad.

Porque la verdad, la verdad profunda que solo quien ha estado en la trinchera emocional del alto rendimiento conoce, es que el éxito nunca es del psicólogo.
El psicólogo no corre, no salta, no anota, no resiste el dolor físico del entrenamiento, no escucha los abucheos desde la tribuna, no carga con el peso del marcador cuando faltan segundos. El psicólogo acompaña, sí. Orienta. Ilumina. Sostiene. Ayuda a ver lo que el atleta no veía y a organizar lo que parecía desorden. Pero el triunfo es de quien compite.

Creer lo contrario es una forma elegante de arrogancia.

La ética del psicólogo del deporte vive en su silencio.
En saber lo que nadie más sabe y guardarlo.
En escuchar historias que jamás contarán en televisión.
En proteger lo privado y manejar con prudencia lo confidencial.
En estar presente sin robar reflectores.

En desaparecer cuando llega la victoria y aparecer cuando el atleta cae.

El mejor psicólogo del deporte es el que no presume, sino el que acompaña con humildad. Es el que entiende que el prestigio se construye no con medallas ajenas, sino con la confianza que un atleta deposita cuando abre la puerta de su mundo interior. No hay fama que valga más que ese acto silencioso de entrega emocional.

Por eso, lo privado y lo confidencial no son solo categorías técnicas. Son fronteras morales. Son las señales que separan al profesional ético del oportunista. Y son, sobre todo, el recordatorio de que el psicólogo del deporte, más que intervenir, debe honrar la vida del atleta: su vida humana, su vida profesional y sus logros que, aunque uno haya sido parte del proceso, jamás serán propios.

En un campo donde todos quieren contar historias, la ética invita a ser guardián de ellas. No protagonista.

 

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Cuando el Esfuerzo No Encuentra Rival: La Fortaleza Psicológica del Atleta sin Competencia


Hay momentos en el deporte donde el entrenamiento alcanza su punto más alto, donde el cuerpo está afinado como un instrumento de precisión y la mente se encuentra lista para el reto. Sin embargo, también existen instantes donde el escenario preparado con tanto esfuerzo se desvanece: los rivales no llegan, la competencia se suspende o simplemente no hay contrincantes en la categoría.
Este tipo de situaciones, tan poco comprendidas por el público, son una prueba psicológica más exigente que la competencia misma.

Así le ocurrió a Guadalupe Navarro, una destacada paraatleta mexicana que se preparó con toda la disciplina, la entrega y el amor al deporte que caracterizan a los verdaderos campeones. Durante meses entrenó con rigor para los Juegos Parapanamericanos de Chile, afinando cada detalle de su técnica, cuidando su alimentación, su descanso, su fortaleza mental. Soñaba con representar a México en la pista, en la línea de salida, frente a sus rivales. Pero el destino le presentó otro tipo de reto: no había competidoras en su categoría.

El silencio del estadio, sin el estruendo de la competencia esperada, se convierte entonces en un eco profundo dentro del atleta. No hay salida, no hay cronómetro, no hay medalla que simbolice la lucha. Lo que queda es el espejo interno, la conciencia de haber llegado al punto máximo del esfuerzo, aunque no haya testigos.

La psicología del alto rendimiento enseña que la motivación del deportista se construye en tres niveles: la motivación por logro, la motivación intrínseca y la trascendencia. Cuando las dos primeras se ven interrumpidas —porque no hay competencia ni reconocimiento—, la tercera, la trascendencia, se convierte en el refugio mental. Guadalupe Navarro tuvo que encontrar en sí misma la razón de su preparación. La competencia no se dio, pero su entrenamiento no fue en vano. El cuerpo, la mente y el espíritu se habían transformado. El reto ya no estaba frente a ella, sino dentro de ella.

El verdadero atleta aprende que el valor del esfuerzo no depende del aplauso ni del resultado, sino del crecimiento interior. En esas circunstancias, el psicólogo deportivo juega un papel esencial: debe acompañar al atleta para reconstruir el sentido del logro. Se trabaja el enfoque cognitivo de la experiencia, ayudando al deportista a resignificar la ausencia del rival. No fue tiempo perdido, fue una inversión en fortaleza mental, una prueba invisible de resistencia emocional.

No competir cuando se está listo genera una forma sutil de duelo psicológico. Hay pérdida: la pérdida de la expectativa, del momento cumbre, de la descarga emocional planeada. El cuerpo estaba preparado para el estrés y la adrenalina; al no encontrar salida, el organismo y la mente deben reorganizarse. La frustración puede aparecer disfrazada de calma, pero en el fondo hay una sensación de vacío. En el caso de Guadalupe, el manejo emocional fue clave. Se trató de reencauzar la energía de la competencia hacia la gratitud y el orgullo personal. La pregunta cambió de “¿Por qué no competí?” a “¿Qué me deja esta experiencia como atleta y como ser humano?”. Esa transición mental representa el paso de la reacción emocional a la madurez psicológica.

Muchos dirían que no hubo competencia, pero sí hubo victoria. Una victoria silenciosa, interna, profunda. La preparación no fue en vano: cada día de entrenamiento fortaleció su disciplina, su carácter, su mentalidad. Competir no siempre significa estar en la pista; a veces significa mantenerse firme ante lo inesperado, sin perder la esencia de atleta. El deporte adaptado, en particular, tiene una dimensión heroica: no solo se lucha contra rivales, sino contra limitaciones físicas, logísticas y estructurales. Cuando el entorno no ofrece las condiciones justas, el atleta debe crear su propio escenario mental de competencia. Imagina, visualiza, compite contra sí mismo. Guadalupe, como tantos paraatletas, nos enseña que el rendimiento verdadero no depende de los otros, sino del dominio personal.

El psicólogo deportivo, ante estos casos, debe orientar al atleta a comprender que la grandeza del rendimiento no se mide por la cantidad de rivales, sino por la calidad del compromiso consigo mismo. La preparación sin competencia visible se transforma en un símbolo de pureza deportiva: entrenar no por el premio, sino por el amor al proceso.

En el caso de Guadalupe Navarro, su historia no termina con la ausencia de rivales, sino con la afirmación de que su esfuerzo no fue en vano. Fue una lección para todos: la victoria no siempre brilla en el podio, a veces resplandece en el silencio de quien supo mantenerse fiel a su sueño, aunque no hubiera contrincantes que lo presenciaran.


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Los contratiempos del viaje: desafíos psicológicos en la competencia deportiva


 Viajar para competir no solo significa trasladarse de un punto a otro; implica abandonar la zona de confort, modificar rutinas y enfrentar lo desconocido. Para muchos deportistas, el viaje es la antesala del éxito, pero también puede convertirse en un obstáculo silencioso que erosiona la concentración, la calma y el equilibrio mental. En psicología del deporte, los contratiempos de viaje son considerados *factores externos de estrés competitivo*, capaces de afectar el rendimiento tanto físico como psicológico.

Los retrasos de vuelo, los cambios de clima, la desorganización en los horarios, la alimentación inadecuada o las habitaciones incómodas son solo algunos ejemplos de variables que alteran el estado psicológico de los atletas. Cuando el cuerpo y la mente se ven sometidos a estas alteraciones, se modifica el ritmo biológico y se activa una respuesta de estrés. *Reilly y Edwards (2007)*, en su estudio sobre el **“jet lag deportivo”**, demostraron que la fatiga del viaje puede disminuir la atención sostenida, la precisión motora y la estabilidad emocional hasta por 48 horas posteriores al traslado. Aunque no siempre haya diferencia de husos horarios, el solo hecho de interrumpir la rutina ya implica una pérdida de control que el deportista debe aprender a manejar.

A nivel mental, los contratiempos generan una sensación de incertidumbre que altera la **preparación psicológica previa a la competencia**. Un atleta que no logra dormir adecuadamente o que llega al lugar con tiempo reducido experimenta ansiedad anticipatoria, dificultad para concentrarse y un aumento de pensamientos negativos (“no descansé bien”, “esto me va a afectar en el partido”). La mente, al perder el sentido de previsibilidad, comienza a enfocarse en los problemas en lugar de las soluciones.

He podido observar este fenómeno en distintos contextos de competencia. En un campeonato nacional universitario, por ejemplo, un equipo femenino llegó al partido inaugural tras un viaje de más de 10 horas por carretera. La fatiga, el malestar físico y la falta de sueño se tradujeron en un inicio lento, con errores tácticos y poca comunicación entre jugadoras. Sin embargo, el equipo que mejor manejó el impacto mental de ese mismo viaje fue el que incorporó una rutina psicológica previa: ejercicios de respiración en el autobús, visualización grupal y reencuadre positivo de la situación. Terminaron siendo las campeonas del torneo. La diferencia no estuvo en la condición física, sino en la **adaptabilidad psicológica**.

Este concepto —la *capacidad de reajustarse mentalmente a lo inesperado sin perder la dirección ni la motivación*— se ha convertido en uno de los pilares del rendimiento moderno. En 2016, *Gould* subrayó que los atletas olímpicos con mayor éxito no eran los que enfrentaban menos obstáculos, sino aquellos que **aceptaban los factores incontrolables** y mantenían su atención en los elementos que sí podían regular. En términos psicológicos, esto se traduce en una fortaleza cognitiva: el control del pensamiento bajo condiciones adversas.

Ante los contratiempos del viaje, el trabajo del psicólogo deportivo debe centrarse en tres ejes principales:

1. **Preparación anticipatoria:**

   Se trata de entrenar al deportista no solo para el éxito, sino también para las dificultades. La visualización de escenarios alternativos —retrasos, cambios de hotel, fallas logísticas— reduce el impacto emocional de lo imprevisto. El atleta aprende a esperar lo inesperado, manteniendo su estabilidad mental.

2. **Autoregulación emocional:**

   Técnicas como la respiración diafragmática, la meditación breve o el *mindfulness* ayudan a conservar la calma durante los trayectos. Estas estrategias reducen la tensión muscular, equilibran la frecuencia cardiaca y favorecen una mente más clara y controlada.

3. **Reencuadre cognitivo:**

   Es fundamental transformar el contratiempo en oportunidad. El mensaje que debe interiorizar el deportista es: *“Si puedo rendir bien incluso con dificultades, mi mente se está fortaleciendo.”* Este cambio de enfoque convierte el problema en entrenamiento psicológico y refuerza la autoconfianza.

El entrenador y el psicólogo deportivo pueden colaborar para que los momentos de viaje sean espacios de entrenamiento mental. Escuchar música relajante, escribir pensamientos positivos o realizar ejercicios de visualización son estrategias que ayudan a mantener la conexión con el objetivo. La clave está en que el deportista no perciba el viaje como un periodo de pérdida, sino como una fase activa de preparación psicológica.

En conclusión, los contratiempos del viaje no deben verse como enemigos del rendimiento, sino como oportunidades para fortalecer la mente competitiva. Cada retraso, cada noche incómoda o cada cambio de plan representa una lección sobre flexibilidad, control emocional y foco. El deportista que aprende a mantener su mente firme en medio de la inestabilidad se convierte en un competidor más completo, más maduro y más resistente. Porque en el alto rendimiento, **la verdadera competencia comienza mucho antes del silbatazo inicial: empieza en la mente del viajero**.

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El “VAR a pedido”: una nueva dimensión psicológica en el fútbol moderno

 

En el Mundial Sub-20, la FIFA ha introducido una innovación tecnológica llamada Football Video Support (FVS), conocida popularmente como “VAR a pedido”. Este sistema permite que los directores técnicos soliciten la revisión de una jugada mediante una tarjeta verde, otorgándoles un número limitado de oportunidades para hacerlo. A diferencia del VAR tradicional —donde un equipo de video asiste automáticamente al árbitro—, el FVS traslada la iniciativa al entrenador. Esta transformación no sólo implica un cambio técnico, sino también una revolución psicológica en la forma en que se toman decisiones dentro del fútbol.

Desde el punto de vista psicológico, el FVS introduce una nueva carga cognitiva para el director técnico (DT). Debe decidir, bajo presión y con recursos limitados, si vale la pena solicitar la revisión. La investigación sobre la toma de decisiones en el deporte (Raab & Johnson, 2007) demuestra que los entrenadores suelen apoyarse en la intuición rápida (heurística del experto) cuando el tiempo es reducido. Sin embargo, el FVS exige combinar intuición con estrategia racional, lo que incrementa la tensión mental. Decidir cuándo usar la tarjeta puede definir un resultado, pero también puede significar perder una oportunidad crítica más adelante.

Además, esta herramienta altera la dinámica emocional del equipo. Cuando el DT levanta la tarjeta verde, comunica a sus jugadores un mensaje claro: “confío en ustedes y exijo justicia”. Según Bandura (1997), este tipo de acciones refuerzan la autoeficacia colectiva, es decir, la confianza grupal en la capacidad de superar obstáculos. Sin embargo, el mal uso del sistema —por ejemplo, pedir una revisión innecesaria o perder una apelación— puede generar frustración y disminuir la concentración. La psicología del deporte ha demostrado que la sensación de injusticia arbitral es una de las principales causas de desregulación emocional en los jugadores (Lane & Terry, 2000), por lo que el FVS puede convertirse tanto en un estabilizador emocional como en un detonante de ansiedad, dependiendo de cómo se gestione.

Desde la perspectiva arbitral, el FVS también reconfigura la percepción de control y autoridad. Los estudios sobre el VAR (Frontiers in Psychology, 2022) muestran que, aunque aumenta la precisión de las decisiones, también incrementa la presión percibida por los árbitros, quienes sienten que su juicio está constantemente bajo revisión. El FVS amplifica este efecto, ya que la revisión es activada públicamente por un entrenador, lo que añade un componente social y mediático a la decisión. En consecuencia, el árbitro debe sostener la calma, mantener la comunicación con el equipo de video y preservar su liderazgo emocional en el campo.

En el plano táctico y emocional, el FVS también puede alterar el estado de flujo (flow) del equipo. Csíkszentmihályi (1990) describió este estado como la experiencia óptima de concentración y disfrute durante la ejecución deportiva. Una revisión inoportuna puede interrumpirlo, rompiendo el ritmo del juego. Por ello, los entrenadores deben considerar el momento del partido, la intensidad emocional y el estado mental de los jugadores antes de activar el recurso.

A pesar de estos riesgos, el sistema ofrece beneficios psicológicos notables. Mejora la percepción de justicia, refuerza la confianza del grupo técnico y reduce el impacto de errores arbitrales sobre la motivación. El psicólogo deportivo debe acompañar al entrenador en la planificación mental del uso del FVS, entrenando la toma de decisiones bajo presión y la regulación emocional posterior al resultado de la revisión. La clave está en preparar tanto al cuerpo técnico como al equipo para asumir el sistema como una herramienta de apoyo, no como una garantía infalible.

En conclusión, el “VAR a pedido” o FVS representa más que una innovación tecnológica: es un nuevo desafío mental en el fútbol moderno. Exige equilibrio entre razón y emoción, intuición y estrategia, justicia y autocontrol. El éxito de este sistema dependerá no sólo de su precisión técnica, sino de la madurez psicológica con la que entrenadores, jugadores y árbitros aprendan a convivir con él. La tecnología puede revisar una jugada, pero sólo la mente entrenada puede mantener el control del juego.


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Cuando el Error del Portero se Convierte en Marcador: Psicología y Resiliencia en el Fútbol


 En el fútbol todos los jugadores pueden equivocarse, pero no todos pagan el mismo precio. Un delantero que falla un mano a mano puede recibir otra oportunidad al minuto siguiente, un mediocampista que entrega mal un pase puede recuperarlo unos metros adelante, incluso un defensa que pierde la marca tiene compañeros detrás que lo cubren. El portero, en cambio, no tiene red de seguridad: cuando falla, el error suele terminar en gol. Su equivocación queda registrada no solo en el marcador, sino en la memoria colectiva de la afición, en los titulares de prensa y, sobre todo, en su propia mente.

Kevin Mier, portero de Cruz Azul, ha vivido esa experiencia. Algunos de sus errores puntuales se han convertido en goles en contra, generando un ruido mediático que no perdona. La crítica es inmediata, dura, y a menudo desproporcionada. Sin embargo, lo verdaderamente interesante no es detenerse en el señalamiento, sino comprender cómo un portero, en medio de ese torbellino emocional, puede manejar su error en la cancha, cómo puede trabajarlo en los entrenamientos, y cómo el grupo entero debe responder para que la herida no se extienda al rendimiento colectivo.

Cuando un portero comete un error en plena competencia, su primera reacción natural es la frustración: bajar la cabeza, recriminarse a sí mismo, incluso mirar al suelo buscando desaparecer. En ese instante se juega más que una jugada: se juega su capacidad de reaccionar psicológicamente. La diferencia entre un arquero que se hunde y otro que se repone está en la forma en que gestiona ese minuto posterior al fallo. Algunos respiran profundo, levantan la cabeza y se obligan a mantener el lenguaje corporal de confianza; otros utilizan frases cortas para sí mismos, casi imperceptibles, que funcionan como un reinicio: “voy por la siguiente”, “esto no me define”. El secreto está en no permitir que la mente siga atada al error, porque el partido no se detiene y el siguiente balón siempre llega. El reseteo mental es una herramienta indispensable: si el portero no la aplica, arriesga su concentración durante todo el encuentro.

Ahora bien, ese control no surge mágicamente en el estadio, sino que se entrena durante la semana. El trabajo psicológico en entrenamientos es tan importante como los ejercicios técnicos. No basta con repetir atajadas para perfeccionar el gesto, se debe entrenar también la mente para enfrentarse al recuerdo del error sin miedo. Los porteros que trabajan la visualización, por ejemplo, reviven mentalmente jugadas similares a las que fallaron, pero imaginando la respuesta correcta. El cerebro graba esas imágenes como experiencias reales y construye nuevas rutas de confianza. También es necesario exponer al arquero en situaciones de presión dentro de la práctica: recrear centros, tiros lejanos o salidas en los que ya se equivocó, y repetir hasta que la acción deje de ser amenaza para convertirse en rutina. Incluso hay dinámicas en las que se le permite fallar varias veces seguidas con la indicación de continuar inmediatamente, aprendiendo a soltar el error como parte del juego.

Muchos porteros, además, desarrollan micro-rituales que funcionan como botones de reinicio. Algunos golpean sus guantes, otros tocan los postes, otros hacen un gesto hacia el cielo. Son rutinas aparentemente banales, pero en realidad son anclas emocionales que les recuerdan que la siguiente jugada no tiene por qué estar condicionada por la anterior. Lo importante es que cada arquero encuentre su propio código personal, esa señal que le permite cortar el círculo vicioso de la culpa.

La psicología del error no se limita al individuo. Un error de portero también pone a prueba al grupo entero. Si los defensas comienzan a mirar al arquero con desconfianza, si el entrenador se desespera y si la tribuna multiplica la presión, el equipo corre el riesgo de fracturarse. Por eso, el respaldo inmediato de los compañeros es esencial. Cuando un defensa se acerca al portero después de un fallo, lo levanta con una palmada y lo incluye de nuevo en el partido, no solo ayuda a su compañero, sino que transmite un mensaje poderoso: seguimos siendo un equipo, seguimos todos juntos.

El discurso interno del grupo es otro factor decisivo. En lugar de señalar al portero como culpable, el entrenador y los líderes deben recordar que los goles encajados siempre son producto de una cadena: antes hubo un pase perdido, una marca floja o una presión que no se ejecutó. La reunión posterior al partido debe construirse desde la resiliencia y el análisis colectivo, no desde el señalamiento individual. De esa manera, el error deja de convertirse en una carga personal y se transforma en aprendizaje compartido.

El caso de Kevin Mier encierra precisamente esa enseñanza. Sus errores han sido visibles y comentados, pero también le han dado la oportunidad de construir carácter. Ser portero de un club grande como Cruz Azul significa vivir bajo una lupa constante. Cada atajada se celebra con euforia, pero cada error se magnifica como si fuera definitivo. Ese entorno hostil puede destruir a un jugador frágil, pero también puede forjar a uno más fuerte. El error, entonces, se convierte en un espacio para crecer, no para rendirse.

En última instancia, lo que define la carrera de un portero no es el número de goles que recibe por equivocaciones puntuales, sino la capacidad de levantarse cada vez que cae. Un arquero que aprende a resetearse en el momento, que trabaja mentalmente en la semana y que cuenta con el respaldo de su equipo, transforma los errores en cicatrices de experiencia. El marcador podrá registrar un gol en contra, pero la mente del portero puede registrar algo más profundo: la certeza de que incluso después del fracaso, la grandeza se construye en la manera de levantarse.

El error, en el fútbol, es inevitable. Lo que hace la diferencia es cómo se vive después de él.

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