La mente que compite cuando el cuerpo aprende otro camino
No
siempre se llega al alto rendimiento por una pista recta. Hay quienes llegan
por una curva inesperada, por una puerta que nadie pidió abrir, por un instante
que divide la vida en “antes” y “después”. En el deporte adaptado, ese
“después” no es un final: es el inicio de una forma distinta de habitar el
cuerpo… y de entrenar la mente.
Él
(o ella) no se presenta con un discurso heroico. Llega temprano. Observa.
Ajusta la prótesis o la silla con la precisión de quien aprendió que lo pequeño
decide lo grande. Respira hondo. No por dramatismo: por método. En su mirada
hay algo que no se improvisa: la aceptación activa, esa decisión íntima
de dejar de pelear con la realidad para empezar a construir dentro de ella.
“No
se trata de lo que me pasó. Se trata de lo que hago con lo que me pasó.”
La
psicología del alto rendimiento en el deporte adaptado nace, casi siempre, de
una reconstrucción: no solo física, sino identitaria. Porque el mayor duelo no
es perder una función, sino sentir que se pierde un “yo”. Y sin embargo, el
atleta aprende una verdad incómoda y liberadora: la identidad no se hereda,
se entrena. Un día deja de decir “soy mi lesión” y empieza a decir “soy mi
proceso”. Cambia el lenguaje y, al cambiar el lenguaje, cambia el destino.
En
el entrenamiento, hay un ritual silencioso: convertir el obstáculo en
información. Donde otros ven limitación, el atleta ve variables. Donde otros
ven compasión, el atleta exige respeto. Y aquí aparece una de las primeras
fortalezas psicológicas del deporte adaptado: la tolerancia a la incomodidad
con sentido. No es aguantar por aguantar. Es sostener el esfuerzo porque
hay un porqué.
La
motivación, en estos
atletas, rara vez es superficial. No depende únicamente de medallas. Está
anclada en valores: independencia, dignidad, pertenencia, propósito. La
motivación se vuelve una brújula: cuando el cuerpo se cansa, los valores
empujan.
Pero
alto rendimiento no es romanticismo. Es ciencia cotidiana. Es dominar la
atención cuando el entorno pesa. Es gestionar pensamientos cuando la
comparación social aparece como sombra: “¿Me verán como atleta o como
‘inspiración’?” Y ahí, la mente entrenada responde con una frontera clara: “No
compito contra la mirada. Compito contra mi mejor versión.”
En
competencia, el atleta de deporte adaptado enfrenta un desafío particular: la
doble presión. Por un lado, la presión normal del rendimiento (tiempos,
marcas, rivales). Por otro, la presión simbólica: representar, demostrar, “no
fallar”. Esa carga puede ser combustible o puede ser cadena. La diferencia la
hace la psicología: aprender a separar el juicio externo del control interno.
Y
entonces entra en juego la autoseguridad, no como arrogancia, sino como
confianza funcional: “sé lo que entrené”. La seguridad no nace del aplauso:
nace de la repetición. De haber ensayado el momento incómodo. De haber
entrenado la respuesta ante el error. Porque en alto rendimiento, el error no
se elimina; se administra.
Hay
un punto donde la psicología del deporte adaptado revela su grandeza: la
relación con el dolor y la fatiga. En algunos casos, el dolor es físico; en
otros, es memoria. La mente aprende a distinguir: lo que duele y lo que
destruye no siempre es lo mismo. El atleta desarrolla una inteligencia corporal
fina: escuchar sin rendirse, ajustar sin abandonar.
“No
todo lo que duele es señal de detenerse; a veces es señal de estar creciendo.”
Cuando
finalmente inicia la prueba, algo ocurre: el cuerpo deja de ser “lo que falta”
y se convierte en “lo que hace”. Aparece el flow, ese estado donde la
acción manda y el pensamiento estorba. En flow no hay discurso. Hay presencia.
Hay ejecución. Hay silencio interno.
Al
final, este atleta nos enseña una psicología de alto rendimiento que sirve para
todos: no se trata de tener un cuerpo perfecto, sino una mente entrenada y
un corazón con propósito. El deporte adaptado no es una categoría menor; es
un recordatorio mayor: la excelencia no es un privilegio, es una decisión
sostenida.
“La
excelencia no pregunta qué te falta. Pregunta qué estás dispuesto a construir.”
Si
quieres, lo adapto a un deporte específico (paraatletismo, paranatación,
basquetbol sobre silla, goalball, para powerlifting) y le meto una historia más
definida con escenas de entrenamiento, competencia y diálogo interno del
atleta.
La Psicologia de Glen Mills, la mente maestra en el alto rendimmiento.
La psicología de Glen Mills: el entrenador que convirtió la experiencia en ciencia humana
A veces, la historia del alto rendimiento no empieza en un aula con pizarrón, sino en una pista a las seis de la mañana, con un cronómetro sencillo y una mirada que sabe leer lo invisible. En el imaginario colectivo, el deporte de élite parece exigir credenciales académicas impecables, laboratorios, títulos colgados en la pared. Pero la biografía profesional de Glen Mills —forjada desde la adolescencia como entrenador y alimentada por cursos especializados y décadas de práctica— desafía esa narrativa: su “universidad” fue el oficio repetido hasta volverse maestría. (worldathletics.org)
No hace falta idealizarlo como “milagro” para entender su grandeza. Basta observar el tipo de psicología que sostiene su método: una mezcla rara de humildad activa, paciencia estratégica y una capacidad extraordinaria para construir confianza en atletas que viven bajo el peso de la expectativa mundial.
1) Mentalidad de aprendizaje perpetuo: la humildad como ventaja competitiva
Si existe un rasgo psicológico central en Mills, es que nunca se comporta como si ya supiera lo suficiente. En entrevistas describe cómo su formación de entrenador se nutrió de cursos del sistema internacional (IAAF/IOC), incluyendo un curso largo en México que culminó en un diploma y que, según él, profundizaba en “los específicos del evento” y “las ciencias de soporte”. (worldathletics.org)
Esa frase es más que un dato curricular: revela una postura mental. El entrenador exitoso no es el que “ya entendió”, sino el que sigue afinando su comprensión del cuerpo, la técnica y el contexto.
Reuters lo retrata con una idea poderosa: su conocimiento “no es exclusivo”, dice, pero tal vez él puede usarlo mejor que la mayoría. Y ahí hay psicología pura: no presume superioridad innata; apuesta por la aplicación inteligente, por el criterio, por el arte de decidir qué sirve y qué estorba. (Reuters)
2) La “mirada de entrenador”: atención fina, control del detalle y lectura emocional
En sprint, una centésima puede separar la leyenda del olvido. Mills se formó obsesionado —en el mejor sentido— con la mecánica, la velocidad, los patrones. En el documento de World Athletics se destaca su fascinación por la velocidad y la mecánica de carrera, y su vínculo con estructuras de alto rendimiento en Kingston. (worldathletics.org)
Pero la habilidad psicológica detrás de esa “mirada” es doble:
Atención selectiva: saber qué detalle corregir hoy y cuál dejar para mañana.
Regulación emocional del proceso: el atleta no puede vivir entrenando con mil correcciones a la vez; la saturación mata la confianza.
El entrenador que domina el detalle sin destruir el ánimo convierte la técnica en seguridad. Y la seguridad, en velocidad.
3) Liderazgo que construye autonomía: “promesas”, límites y motivación interna
Uno de los episodios más reveladores de su estilo no es un récord: es una negociación. Cuando Bolt quería moverse hacia los 100m, Mills le puso una condición: “si rompes el récord nacional en 200, te dejo correr un 100”. Bolt cumplió, y luego cobró la promesa. (worldathletics.org)
Ese intercambio parece simple, pero es una obra de psicología aplicada:
Define reglas claras (estructura y justicia percibida).
Entrega autonomía con responsabilidad (no impone: pacta).
Refuerza la autoeficacia (el atleta prueba que puede y entonces se le abre la puerta).
Muchos entrenadores intentan controlar al talento; Mills lo canaliza. Esa es una diferencia crucial entre autoridad rígida y liderazgo funcional.
4) Confianza terapéutica: el entrenador como “base segura” en la tormenta
El atleta de élite no solo compite contra rivales; compite contra dudas internas amplificadas por lesiones, prensa y expectativas. Bolt lo dijo con claridad: hubo momentos de duda por lesión y Mills le repetía, en esencia: “no te preocupes, sé lo que hace falta para volver”. (Reuters)
Ahí aparece la psicología del vínculo: el entrenador como base segura. No es motivación vacía; es credibilidad basada en historia, coherencia y resultados. Cuando el atleta cree que el entrenador “sabe el camino”, el miedo baja y la ejecución sube.
5) Paciencia estratégica: el tiempo como herramienta psicológica
En una época obsesionada con resultados inmediatos, Mills representa lo contrario: la convicción de que el rendimiento máximo se cocina con ciclos, no con impulsos. Él mismo recomienda que la formación de entrenadores se haga con cursos largos para profundizar, no con cápsulas rápidas. (worldathletics.org)
Esa preferencia por lo “extendido” es una postura psicológica: tolerancia a la demora, disciplina, visión. La paciencia, en sprint, no es lentitud; es precisión temporal.
6) Impacto sistémico: liderazgo sostenido y cultura de excelencia
No se trata solo de un atleta. Mills fue entrenador principal del equipo olímpico jamaicano durante años, periodo en el que el país acumuló decenas de medallas olímpicas y mundiales en atletismo. (Reuters)
Esa cifra no es un trofeo personal: es evidencia de liderazgo sistémico. Para sostener resultados así se requieren habilidades psicológicas de gestión humana: convivencia con egos, presión institucional, toma de decisiones bajo incertidumbre, y creación de una cultura donde ganar no sea accidente.
Cierre narrativo: el entrenador que hizo del oficio una filosofía
Imagina a Mills al borde de la pista: no grita de más, no actúa para la cámara. Observa. Ajusta. Espera. Cuando habla, sus palabras pesan porque no vienen de la prisa, sino de la experiencia. Su autoridad no depende de un título colgado, sino de una mente entrenada para aprender, una paciencia entrenada para construir y una relación humana entrenada para sostener al atleta cuando el cuerpo tiembla y la cabeza duda.
Por eso su psicología es tan valiosa para el deporte: enseña que la excelencia no es solo talento ni solo ciencia; es la capacidad de convertir conocimiento en confianza, y confianza en ejecución, en el momento exacto en que el mundo entero está mirando. (worldathletics.org)
El silbatazo final y el eco de la palabra “inmoral”
El
estadio todavía temblaba cuando el árbitro señaló el final. El entrenador no
levantó los brazos de inmediato. Miró primero al portero que había iniciado el
partido… y luego al que lo había terminado. Dos rostros, una misma medalla. A
su alrededor, la celebración era un río de abrazos; dentro de él, el triunfo
era una mezcla más compleja: alivio, orgullo, cansancio, gratitud… y una sombra
de anticipación.
Porque
en el fútbol, la victoria no siempre apaga el fuego: a veces lo alimenta.
En
el túnel hacia los vestidores, un asistente le susurró: “Ya salió… ya lo dijo”.
En la pantalla del teléfono apareció el titular: “Falta de ética y moral:
cambiar de portero al inicio es una traición”. El periodista lo había dicho
con la seguridad de quien confunde certeza con verdad. Y lo había dicho fuerte,
para que doliera.
El
entrenador respiró lento. Recordó una idea antigua de Viktor Frankl: “Entre
el estímulo y la respuesta hay un espacio”. En ese espacio —pensó— se juega
más que un campeonato; se juega el carácter.
En
el vestidor, la música competía con los gritos. El entrenador pidió bajar el
volumen un instante. No por autoridad: por cuidado.
—Hoy
ganamos —dijo—. Y hoy también vamos a sentir muchas cosas. Está permitido. Pero
que nadie se quede solo con lo primero que le explote por dentro.
Había
aprendido, con años de cancha, que la emoción no es un error del sistema.
Richard Lazarus lo explicó con claridad: la emoción nace de cómo interpretamos
lo que ocurre, de la evaluación que hacemos de la situación. El periodista
interpretaba “cambio de portero” como “deslealtad”. El entrenador lo
interpretaba como “ajuste táctico”, “lectura del rival”, “decisión de alto
rendimiento”. Dos narrativas peleando por dominar el significado.
Y
el significado —no el hecho— es lo que enciende o calma el corazón.
Algunas
miradas se clavaron en el portero suplente, el que empezó. No estaba triste;
estaba quieto, que es otra forma de estar triste. El otro portero, el que cerró
el partido, sostenía la euforia con cuidado, como quien carga algo frágil.
El
entrenador caminó hacia el primero. —Esto no fue un juicio sobre tu valor —le
dijo en voz baja—. Fue una decisión sobre el momento. Tu trabajo fue digno. Tu
mente, también. Aquí estaba el punto ético real, el que rara vez cabe en un
titular: la ética no solo es “lo que decides”, sino cómo lo decides y cómo
lo sostienes con los involucrados. Carl Rogers llamaría a eso respeto
incondicional a la persona. Y en deporte, ese respeto se demuestra con
conversaciones difíciles, no con frases bonitas.
La
entrevista de prensa fue un escenario distinto: menos sudor y más juicio. El
periodista levantó la mano con esa precisión de quien ya tiene la sentencia y
solo busca el micrófono.
Aquí
entraba James Gross, con su modelo de regulación emocional: no se trata de “no
sentir”, sino de manejar cuándo, cómo y para qué expresamos lo que
sentimos. El periodista había expresado su emoción como condena moral. El
entrenador estaba intentando expresarla como conversación.
—Mire
—dijo—, yo también he estado equivocado antes. No me creo infalible. Pero
llamar “inmoral” a una decisión técnica sin conocer el contexto es una falta de
precisión. Y en comunicación, la precisión es un deber. No lo dijo como ataque.
Lo dijo como límite.
Esa
noche, ya sin cámaras, el entrenador reunió al grupo en círculo. No habló de
táctica. Habló de lo que queda cuando se apaga la luz: la emoción
postcompetencia.
—Hoy
el cuerpo sigue en modo guerra —explicó—. Mañana tal vez venga el vacío.
Pasado, la crítica. Quiero que lo sepan para que no se sorprendan.
Les
propuso tres acuerdos simples:
- Nombrar
la emoción sin vergüenza.
“Estoy eufórico”, “estoy dolido”, “estoy confundido”. Ponerle nombre
reduce su dominio.
- Separar
persona de decisión.
“El cambio no define tu identidad”. (Aquí resonaba Bandura: la
autoeficacia se protege cuando la evaluación es específica y no global.)
- Hacer
una reparación inmediata.
No esperar a que el resentimiento crezca. Una conversación hoy vale más
que mil explicaciones en redes mañana.
Luego
pidió la palabra al portero que inició. El jugador tragó saliva.
—Me
dolió —dijo—. Pero cuando entró mi compañero, yo le dije: “Hoy somos dos manos
del mismo equipo”.
Eso
era madurez emocional en estado puro: sentir la herida sin convertirla en
venganza.
El
entrenador asintió.
—Eso
—dijo— es campeonato. Lo otro es trofeo.
El
entrenador no celebró esa media disculpa. Solo pensó que la mayor victoria de
un líder no es ganar finales; es evitar que la crítica lo convierta en alguien
que no reconoce.
Porque
el manejo de emociones después de una competencia importante no consiste en
posar de invencible. Consiste en integrar: alegría con humildad, orgullo
con gratitud, dolor con aprendizaje, crítica con serenidad. Y, sobre todo,
consiste en recordar que la autoridad no se demuestra gritando más fuerte, sino
sosteniendo mejor el vínculo.
Conclusiones
- El
día después del campeonato es emocionalmente más peligroso que el partido
mismo: la euforia
eleva la reactividad y reduce el autocontrol; por eso, el entrenador debe
proteger al grupo del “impulso” (responder desde la rabia, la burla o la
humillación).
- Confundir
una decisión técnica con un juicio moral es una escalada innecesaria: llamar “falta de ética y moral” a
un ajuste deportivo convierte un debate táctico en una condena
identitaria, y eso suele activar defensividad, polarización y daño
reputacional.
- La
ética del liderazgo se juega en el “cómo” se sostiene la decisión: explicar, cuidar el vínculo, y
diferenciar “tu valor” de “tu rol hoy” evita que el vestidor se fracture;
la decisión puede ser discutible, pero el respeto no es negociable.
- La
regulación emocional efectiva es límite + respeto: no se trata de “aguantar” la
crítica ni de atacar al crítico, sino de poner fronteras claras (no
aceptar descalificaciones personales) sin perder compostura ni humanidad.
- La
comunicación deportiva tiene deber de precisión: el periodismo crítico es valioso,
pero cuando se convierte en juicio moral absoluto sin contexto, pierde
capacidad de análisis y gana capacidad de incendio.
- Aplicación
directa al caso (solo anotación):
tras el bicampeonato de Toluca en el Apertura 2025, el
entrenador Antonio “Turco” Mohamed quedó en el centro de la
polémica por cambiar de portero y el periodista David Faitelson
lo calificó públicamente como un acto “sin ética y moral”; Mohamed
respondió señalando que esa etiqueta estaba “desubicada” y pidió una
disculpa, lo que escaló a un altercado posterior en el entorno mediático.
Lo Privado, lo Confidencial y el Silencio Ético del Psicólogo del Deporte
En
la psicología del deporte hay un momento que se repite una y otra vez: el
atleta se sienta, respira, mira al suelo, y después de unos segundos parece
abrir una puerta que pocas personas conocen. En ese instante, el psicólogo
atraviesa un umbral invisible y entra en un territorio que no pertenece al
club, ni al entrenador, ni a la prensa, ni siquiera al equipo que lo acompaña
diariamente. Entra a la vida personal del deportista, ese espacio íntimo donde
viven sus miedos más primarios, sus heridas más viejas, sus secretos más
silenciosos.
Ese
territorio es lo privado. Y lo privado es sagrado. Se trata del lugar
donde el atleta deja de ser atleta. Ahí es hijo, pareja, hermano, persona
vulnerable, ser humano en estado puro. Ningún profesional debería caminar por
ese espacio sin el cuidado reverente que se tiene al entrar a un templo. Y,
sobre todo, nadie tiene derecho a sacar de ahí nada que no sea estrictamente
necesario para su bienestar.
Hay
otra puerta, distinta, que el deportista también abre, aunque esta pertenece a
un mundo más técnico: el vestidor emocional. Ese espacio donde no habla de su
vida personal, sino de su vida deportiva. Donde reconoce sus dudas antes de
competir, su diálogo interno, la presión del entrenador, las tensiones con sus
compañeros, su manera de enfrentar el error, el cansancio, la exigencia, la
disciplina. Todo aquello que ocurre en la vida invisible del deporte.
Ese
segundo territorio es lo confidencial. Y lo confidencial es un pacto.
A
diferencia de lo privado, lo confidencial sí forma parte de la estructura del
rendimiento, pero aun así pertenece al atleta. El club puede solicitar
información, el entrenador puede pedir orientación, los directivos pueden
exigir explicaciones, pero la información no es suya. Es del deportista. El
psicólogo solo tiene permiso para abrir parte de esa puerta cuando el atleta lo
autoriza y siempre con un propósito claro: mejorar su bienestar y su desempeño,
nunca para entregar información por presión jerárquica ni para ganar
protagonismo dentro de la institución.
Y
es justo entre estas dos puertas —la privada y la confidencial— donde se revela
la verdadera ética del psicólogo del deporte.
Muchos
buscan en este campo prestigio, reconocimiento, visibilidad, o incluso la
ilusión de convertirse en parte de la gloria del atleta. Algunos se toman la
foto con el medallista, presumen haber sido “la clave mental” del campeonato o
insinúan que sin su intervención el rendimiento no habría brillado tanto. En
esos momentos, la ética se desvanece como un espejismo, y la profesión pierde
su dignidad.
Porque
la verdad, la verdad profunda que solo quien ha estado en la trinchera
emocional del alto rendimiento conoce, es que el éxito nunca es del
psicólogo.
El psicólogo no corre, no salta, no anota, no resiste el dolor físico del
entrenamiento, no escucha los abucheos desde la tribuna, no carga con el peso
del marcador cuando faltan segundos. El psicólogo acompaña, sí. Orienta.
Ilumina. Sostiene. Ayuda a ver lo que el atleta no veía y a organizar lo que
parecía desorden. Pero el triunfo es de quien compite.
Creer
lo contrario es una forma elegante de arrogancia.
La ética del
psicólogo del deporte vive en su silencio.
En saber lo que nadie más sabe y guardarlo.
En escuchar historias que jamás contarán en televisión.
En proteger lo privado y manejar con prudencia lo confidencial.
En estar presente sin robar reflectores.
En
desaparecer cuando llega la victoria y aparecer cuando el atleta cae.
El
mejor psicólogo del deporte es el que no presume, sino el que acompaña con
humildad. Es el que entiende que el prestigio se construye no con medallas
ajenas, sino con la confianza que un atleta deposita cuando abre la puerta de
su mundo interior. No hay fama que valga más que ese acto silencioso de entrega
emocional.
Por
eso, lo privado y lo confidencial no son solo categorías técnicas. Son
fronteras morales. Son las señales que separan al profesional ético del
oportunista. Y son, sobre todo, el recordatorio de que el psicólogo del
deporte, más que intervenir, debe honrar la vida del atleta: su vida humana, su
vida profesional y sus logros que, aunque uno haya sido parte del proceso,
jamás serán propios.
En
un campo donde todos quieren contar historias, la ética invita a ser guardián
de ellas. No protagonista.
Cuando el Esfuerzo No Encuentra Rival: La Fortaleza Psicológica del Atleta sin Competencia
Hay
momentos en el deporte donde el entrenamiento alcanza su punto más alto, donde
el cuerpo está afinado como un instrumento de precisión y la mente se encuentra
lista para el reto. Sin embargo, también existen instantes donde el escenario
preparado con tanto esfuerzo se desvanece: los rivales no llegan, la
competencia se suspende o simplemente no hay contrincantes en la categoría.
Este tipo de situaciones, tan poco comprendidas por el público, son una prueba
psicológica más exigente que la competencia misma.
Así
le ocurrió a Guadalupe Navarro, una destacada paraatleta mexicana que se
preparó con toda la disciplina, la entrega y el amor al deporte que
caracterizan a los verdaderos campeones. Durante meses entrenó con rigor para
los Juegos Parapanamericanos de Chile, afinando cada detalle de su
técnica, cuidando su alimentación, su descanso, su fortaleza mental. Soñaba con
representar a México en la pista, en la línea de salida, frente a sus rivales.
Pero el destino le presentó otro tipo de reto: no había competidoras en su
categoría.
El
silencio del estadio, sin el estruendo de la competencia esperada, se convierte
entonces en un eco profundo dentro del atleta. No hay salida, no hay
cronómetro, no hay medalla que simbolice la lucha. Lo que queda es el espejo
interno, la conciencia de haber llegado al punto máximo del esfuerzo,
aunque no haya testigos.
La
psicología del alto rendimiento enseña que la motivación del deportista se
construye en tres niveles: la motivación por logro, la motivación intrínseca y
la trascendencia. Cuando las dos primeras se ven interrumpidas —porque no hay
competencia ni reconocimiento—, la tercera, la trascendencia, se
convierte en el refugio mental. Guadalupe Navarro tuvo que encontrar en sí
misma la razón de su preparación. La competencia no se dio, pero su
entrenamiento no fue en vano. El cuerpo, la mente y el espíritu se habían
transformado. El reto ya no estaba frente a ella, sino dentro de ella.
El
verdadero atleta aprende que el valor del esfuerzo no depende del aplauso ni
del resultado, sino del crecimiento interior. En esas circunstancias, el
psicólogo deportivo juega un papel esencial: debe acompañar al atleta para reconstruir
el sentido del logro. Se trabaja el enfoque cognitivo de la experiencia,
ayudando al deportista a resignificar la ausencia del rival. No fue tiempo
perdido, fue una inversión en fortaleza mental, una prueba invisible de
resistencia emocional.
No
competir cuando se está listo genera una forma sutil de duelo psicológico. Hay
pérdida: la pérdida de la expectativa, del momento cumbre, de la descarga
emocional planeada. El cuerpo estaba preparado para el estrés y la adrenalina;
al no encontrar salida, el organismo y la mente deben reorganizarse. La
frustración puede aparecer disfrazada de calma, pero en el fondo hay una
sensación de vacío. En el caso de Guadalupe, el manejo emocional fue clave. Se
trató de reencauzar la energía de la competencia hacia la gratitud y el
orgullo personal. La pregunta cambió de “¿Por qué no competí?” a “¿Qué me
deja esta experiencia como atleta y como ser humano?”. Esa transición mental
representa el paso de la reacción emocional a la madurez psicológica.
Muchos
dirían que no hubo competencia, pero sí hubo victoria. Una victoria silenciosa,
interna, profunda. La preparación no fue en vano: cada día de entrenamiento
fortaleció su disciplina, su carácter, su mentalidad. Competir no siempre
significa estar en la pista; a veces significa mantenerse firme ante lo
inesperado, sin perder la esencia de atleta. El deporte adaptado, en
particular, tiene una dimensión heroica: no solo se lucha contra rivales, sino
contra limitaciones físicas, logísticas y estructurales. Cuando el entorno no
ofrece las condiciones justas, el atleta debe crear su propio escenario mental
de competencia. Imagina, visualiza, compite contra sí mismo. Guadalupe, como
tantos paraatletas, nos enseña que el rendimiento verdadero no depende de los
otros, sino del dominio personal.
El
psicólogo deportivo, ante estos casos, debe orientar al atleta a comprender que
la grandeza del rendimiento no se mide por la cantidad de rivales, sino por
la calidad del compromiso consigo mismo. La preparación sin competencia
visible se transforma en un símbolo de pureza deportiva: entrenar no por el
premio, sino por el amor al proceso.
En
el caso de Guadalupe Navarro, su historia no termina con la ausencia de
rivales, sino con la afirmación de que su esfuerzo no fue en vano. Fue una
lección para todos: la victoria no siempre brilla en el podio, a veces resplandece
en el silencio de quien supo mantenerse fiel a su sueño, aunque no hubiera
contrincantes que lo presenciaran.
Los contratiempos del viaje: desafíos psicológicos en la competencia deportiva
Viajar para competir no solo significa trasladarse de un punto a otro; implica abandonar la zona de confort, modificar rutinas y enfrentar lo desconocido. Para muchos deportistas, el viaje es la antesala del éxito, pero también puede convertirse en un obstáculo silencioso que erosiona la concentración, la calma y el equilibrio mental. En psicología del deporte, los contratiempos de viaje son considerados *factores externos de estrés competitivo*, capaces de afectar el rendimiento tanto físico como psicológico.
Los
retrasos de vuelo, los cambios de clima, la desorganización en los horarios, la
alimentación inadecuada o las habitaciones incómodas son solo algunos ejemplos
de variables que alteran el estado psicológico de los atletas. Cuando el cuerpo
y la mente se ven sometidos a estas alteraciones, se modifica el ritmo
biológico y se activa una respuesta de estrés. *Reilly y Edwards (2007)*, en su
estudio sobre el **“jet lag deportivo”**, demostraron que la fatiga del viaje
puede disminuir la atención sostenida, la precisión motora y la estabilidad
emocional hasta por 48 horas posteriores al traslado. Aunque no siempre haya
diferencia de husos horarios, el solo hecho de interrumpir la rutina ya implica
una pérdida de control que el deportista debe aprender a manejar.
A
nivel mental, los contratiempos generan una sensación de incertidumbre que
altera la **preparación psicológica previa a la competencia**. Un atleta que no
logra dormir adecuadamente o que llega al lugar con tiempo reducido experimenta
ansiedad anticipatoria, dificultad para concentrarse y un aumento de
pensamientos negativos (“no descansé bien”, “esto me va a afectar en el
partido”). La mente, al perder el sentido de previsibilidad, comienza a
enfocarse en los problemas en lugar de las soluciones.
He
podido observar este fenómeno en distintos contextos de competencia. En un
campeonato nacional universitario, por ejemplo, un equipo femenino llegó al
partido inaugural tras un viaje de más de 10 horas por carretera. La fatiga, el
malestar físico y la falta de sueño se tradujeron en un inicio lento, con
errores tácticos y poca comunicación entre jugadoras. Sin embargo, el equipo
que mejor manejó el impacto mental de ese mismo viaje fue el que incorporó una
rutina psicológica previa: ejercicios de respiración en el autobús,
visualización grupal y reencuadre positivo de la situación. Terminaron siendo
las campeonas del torneo. La diferencia no estuvo en la condición física, sino
en la **adaptabilidad psicológica**.
Este
concepto —la *capacidad de reajustarse mentalmente a lo inesperado sin perder
la dirección ni la motivación*— se ha convertido en uno de los pilares del
rendimiento moderno. En 2016, *Gould* subrayó que los atletas olímpicos con
mayor éxito no eran los que enfrentaban menos obstáculos, sino aquellos que
**aceptaban los factores incontrolables** y mantenían su atención en los
elementos que sí podían regular. En términos psicológicos, esto se traduce en
una fortaleza cognitiva: el control del pensamiento bajo condiciones adversas.
Ante
los contratiempos del viaje, el trabajo del psicólogo deportivo debe centrarse
en tres ejes principales:
1.
**Preparación anticipatoria:**
Se trata de entrenar al deportista no solo
para el éxito, sino también para las dificultades. La visualización de
escenarios alternativos —retrasos, cambios de hotel, fallas logísticas— reduce
el impacto emocional de lo imprevisto. El atleta aprende a esperar lo
inesperado, manteniendo su estabilidad mental.
2.
**Autoregulación emocional:**
Técnicas como la respiración diafragmática,
la meditación breve o el *mindfulness* ayudan a conservar la calma durante los
trayectos. Estas estrategias reducen la tensión muscular, equilibran la
frecuencia cardiaca y favorecen una mente más clara y controlada.
3.
**Reencuadre cognitivo:**
Es fundamental transformar el contratiempo
en oportunidad. El mensaje que debe interiorizar el deportista es: *“Si puedo
rendir bien incluso con dificultades, mi mente se está fortaleciendo.”* Este
cambio de enfoque convierte el problema en entrenamiento psicológico y refuerza
la autoconfianza.
El
entrenador y el psicólogo deportivo pueden colaborar para que los momentos de
viaje sean espacios de entrenamiento mental. Escuchar música relajante,
escribir pensamientos positivos o realizar ejercicios de visualización son
estrategias que ayudan a mantener la conexión con el objetivo. La clave está en
que el deportista no perciba el viaje como un periodo de pérdida, sino como una
fase activa de preparación psicológica.
En
conclusión, los contratiempos del viaje no deben verse como enemigos del
rendimiento, sino como oportunidades para fortalecer la mente competitiva. Cada
retraso, cada noche incómoda o cada cambio de plan representa una lección sobre
flexibilidad, control emocional y foco. El deportista que aprende a mantener su
mente firme en medio de la inestabilidad se convierte en un competidor más
completo, más maduro y más resistente. Porque en el alto rendimiento, **la
verdadera competencia comienza mucho antes del silbatazo inicial: empieza en la
mente del viajero**.



