Cuando el miedo entra a la cancha: detectar el abuso y el acoso en el deporte
Un adolescente vuelve del entrenamiento. Deja sus zapatos junto a la puerta y se encierra en su habitación. Antes contaba cada jugada; ahora responde con silencios. Su familia piensa que está cansado. El entrenador considera que le falta compromiso. Imaginemos, sin embargo, otra posibilidad: aquello que los adultos interpretan como desinterés podría ser una forma de pedir ayuda. Detectar el abuso comienza cuando dejamos de mirar únicamente el rendimiento y empezamos a observar a la persona.
Los criterios de salvaguarda de FIFA y del Comité Olímpico Internacional (COI) sitúan la seguridad y la dignidad del deportista en el centro de la práctica deportiva. El COI reconoce el abuso psicológico, físico y sexual, el acoso sexual y la negligencia. FIFA, mediante su programa Guardians y su política de salvaguarda, promueve la prevención, la comunicación de preocupaciones y una respuesta centrada en la persona afectada. Desde esta perspectiva, proteger exige reconocer también las violencias que se esconden detrás de la autoridad, la confianza o la promesa del éxito.
La violencia puede instalarse en frases aparentemente cotidianas: “No sirves”, “Si hablas, no vuelves a jugar”, “Tu lugar depende de lo que hagas por mí”. Las humillaciones, amenazas, comentarios sexuales y castigos degradantes no deben confundirse con herramientas de formación. Tampoco debe normalizarse negar atención médica o imponer cargas que dañan al deportista. El prestigio de un entrenador, la importancia de una competencia o una tradición del vestidor jamás justifican vulnerar la integridad de alguien. El daño puede proceder tanto de figuras de autoridad como de compañeros.
Para familiares y entrenadores, una primera alerta está en los cambios respecto al comportamiento habitual: aislamiento, irritabilidad, tristeza, pérdida de confianza o temor intenso ante una persona. En menores pueden aparecer regresiones, como volver a mojar la cama, y conductas o conocimientos sexuales inusuales para su edad. En el plano físico merecen atención los moretones sin explicación coherente, las lesiones desatendidas, el cansancio persistente y las molestias genitales. Cada señal debe escucharse dentro de su contexto, sin culpabilizar ni convertir la observación en vigilancia invasiva. Estos indicios no prueban por sí solos un abuso, y su ausencia tampoco lo descarta.
También hay que mirar el entorno. ¿Se toleran burlas que degradan? ¿Alguien exige silencio? ¿Se ignoran necesidades de salud y protección? La familia puede abrir una conversación con preguntas sencillas: “¿Cómo te sientes con el equipo?”, “¿Hay algo que te haga sentir inseguro?”. El entrenador necesita observar las relaciones, además de las ejecuciones técnicas, y cuestionar prácticas que comprometen el bienestar. No corresponde a familiares o entrenadores demostrar que ocurrió un abuso: les corresponde comunicar una preocupación razonable y activar la protección.
Cuando un deportista habla, la respuesta del adulto puede abrir o cerrar la puerta a la ayuda. Conviene escuchar con calma, tomar su relato en serio y decir: “Gracias por contármelo; no es tu culpa”. Deben evitarse interrogatorios, preguntas que sugieran respuestas y promesas de secreto absoluto. Es necesario registrar fielmente lo comunicado, compartirlo únicamente con quienes deban intervenir y acudir al responsable de salvaguarda y a las autoridades pertinentes. Ante peligro inmediato, la prioridad es obtener protección urgente; el procedimiento deportivo no sustituye esa respuesta.
El deporte promete enseñar a levantarse después de una caída. Esa promesa pierde sentido cuando obliga a guardar silencio sobre quien provoca el daño. Una familia atenta y un entrenador responsable pueden cambiar una historia al reconocer que detrás de una conducta difícil existe una experiencia que merece ser escuchada. Ninguna medalla vale más que la integridad de quien la gana. La primera victoria del deporte debe ser que todos puedan practicarlo sin miedo.






