jueves, 19 de febrero de 2026

La mente que compite cuando el cuerpo aprende otro camino

 

No siempre se llega al alto rendimiento por una pista recta. Hay quienes llegan por una curva inesperada, por una puerta que nadie pidió abrir, por un instante que divide la vida en “antes” y “después”. En el deporte adaptado, ese “después” no es un final: es el inicio de una forma distinta de habitar el cuerpo… y de entrenar la mente.

Él (o ella) no se presenta con un discurso heroico. Llega temprano. Observa. Ajusta la prótesis o la silla con la precisión de quien aprendió que lo pequeño decide lo grande. Respira hondo. No por dramatismo: por método. En su mirada hay algo que no se improvisa: la aceptación activa, esa decisión íntima de dejar de pelear con la realidad para empezar a construir dentro de ella.

“No se trata de lo que me pasó. Se trata de lo que hago con lo que me pasó.”

La psicología del alto rendimiento en el deporte adaptado nace, casi siempre, de una reconstrucción: no solo física, sino identitaria. Porque el mayor duelo no es perder una función, sino sentir que se pierde un “yo”. Y sin embargo, el atleta aprende una verdad incómoda y liberadora: la identidad no se hereda, se entrena. Un día deja de decir “soy mi lesión” y empieza a decir “soy mi proceso”. Cambia el lenguaje y, al cambiar el lenguaje, cambia el destino.

En el entrenamiento, hay un ritual silencioso: convertir el obstáculo en información. Donde otros ven limitación, el atleta ve variables. Donde otros ven compasión, el atleta exige respeto. Y aquí aparece una de las primeras fortalezas psicológicas del deporte adaptado: la tolerancia a la incomodidad con sentido. No es aguantar por aguantar. Es sostener el esfuerzo porque hay un porqué.

La motivación, en estos atletas, rara vez es superficial. No depende únicamente de medallas. Está anclada en valores: independencia, dignidad, pertenencia, propósito. La motivación se vuelve una brújula: cuando el cuerpo se cansa, los valores empujan.

Pero alto rendimiento no es romanticismo. Es ciencia cotidiana. Es dominar la atención cuando el entorno pesa. Es gestionar pensamientos cuando la comparación social aparece como sombra: “¿Me verán como atleta o como ‘inspiración’?” Y ahí, la mente entrenada responde con una frontera clara: “No compito contra la mirada. Compito contra mi mejor versión.”

En competencia, el atleta de deporte adaptado enfrenta un desafío particular: la doble presión. Por un lado, la presión normal del rendimiento (tiempos, marcas, rivales). Por otro, la presión simbólica: representar, demostrar, “no fallar”. Esa carga puede ser combustible o puede ser cadena. La diferencia la hace la psicología: aprender a separar el juicio externo del control interno.

Y entonces entra en juego la autoseguridad, no como arrogancia, sino como confianza funcional: “sé lo que entrené”. La seguridad no nace del aplauso: nace de la repetición. De haber ensayado el momento incómodo. De haber entrenado la respuesta ante el error. Porque en alto rendimiento, el error no se elimina; se administra.

Hay un punto donde la psicología del deporte adaptado revela su grandeza: la relación con el dolor y la fatiga. En algunos casos, el dolor es físico; en otros, es memoria. La mente aprende a distinguir: lo que duele y lo que destruye no siempre es lo mismo. El atleta desarrolla una inteligencia corporal fina: escuchar sin rendirse, ajustar sin abandonar.

“No todo lo que duele es señal de detenerse; a veces es señal de estar creciendo.”

Cuando finalmente inicia la prueba, algo ocurre: el cuerpo deja de ser “lo que falta” y se convierte en “lo que hace”. Aparece el flow, ese estado donde la acción manda y el pensamiento estorba. En flow no hay discurso. Hay presencia. Hay ejecución. Hay silencio interno.

Al final, este atleta nos enseña una psicología de alto rendimiento que sirve para todos: no se trata de tener un cuerpo perfecto, sino una mente entrenada y un corazón con propósito. El deporte adaptado no es una categoría menor; es un recordatorio mayor: la excelencia no es un privilegio, es una decisión sostenida.

“La excelencia no pregunta qué te falta. Pregunta qué estás dispuesto a construir.”

Si quieres, lo adapto a un deporte específico (paraatletismo, paranatación, basquetbol sobre silla, goalball, para powerlifting) y le meto una historia más definida con escenas de entrenamiento, competencia y diálogo interno del atleta.


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